La casa ha aprendido a quedarse quieta. Antes no sabía. Vibraba. Retumbaba con pasos que iban y venían por el pasillo, con puertas que se cerraban tarde, con risas cómplices que tropezaban contra las paredes. Esta mañana abrí los ojos antes de que amaneciera del todo. La claridad entró tímida por la ventana y me encontró haciendo cuentas invisibles en el techo. Los números no duelen, pero pesan. Se acomodan sobre el pecho como piedras pequeñas. Me levanté. Decidí limpiar. No porque estuviera sucia la casa, sino porque el movimiento distrae al pensamiento. Barrer tiene algo de oración: se repite el gesto hasta que la mente se aquieta o se rinde. Puse agua a hervir para el café y me serví el desayuno. Un plato. La cuchara sonó demasiado en la loza, como un trueno. No imaginaba que el silencio tuviera sonido. Empecé por el cuarto del fondo. Ab...
Leo para alumbrar mi camino, escribo para encontrarme.