La casa ha aprendido a
quedarse quieta. Antes no sabía.
Vibraba. Retumbaba con pasos que iban y venían por el pasillo, con puertas que
se cerraban tarde, con risas cómplices que tropezaban contra las paredes.
Esta mañana abrí los ojos antes de que amaneciera del todo. La claridad entró tímida por la ventana y me encontró haciendo cuentas invisibles en el techo. Los números no duelen, pero pesan. Se acomodan sobre el pecho como piedras pequeñas.
Me levanté. Decidí limpiar. No porque estuviera sucia la casa, sino porque el movimiento distrae al pensamiento. Barrer tiene algo de oración: se repite el gesto hasta que la mente se aquieta o se rinde.
Puse agua a hervir para el café y me serví el desayuno. Un plato.
La cuchara sonó demasiado en la loza, como un trueno. No imaginaba que el silencio tuviera sonido.
Empecé por el cuarto del fondo. Abrí la ventana y el aire movió las cortinas como si alguien acabara de pasar corriendo. La cama sigue tendida desde hace días. Nadie la desarma en la madrugada. El escritorio está ordenado con una disciplina que nunca conoció cuando estaba habitado.
Paso el trapo con cuidado, como si las cosas pudieran despertarse. Y con la escoba escudriño debajo de la cama. Como queriendo encontrar algo. Entonces lo veo. Un carro rojo. Pequeño. Metálico. Con una raya plateada que le atraviesa el capó. Lo sostengo en la palma de la mano y el polvo se me queda en los dedos.
Esta mañana abrí los ojos antes de que amaneciera del todo. La claridad entró tímida por la ventana y me encontró haciendo cuentas invisibles en el techo. Los números no duelen, pero pesan. Se acomodan sobre el pecho como piedras pequeñas.
Me levanté. Decidí limpiar. No porque estuviera sucia la casa, sino porque el movimiento distrae al pensamiento. Barrer tiene algo de oración: se repite el gesto hasta que la mente se aquieta o se rinde.
Puse agua a hervir para el café y me serví el desayuno. Un plato.
La cuchara sonó demasiado en la loza, como un trueno. No imaginaba que el silencio tuviera sonido.
Empecé por el cuarto del fondo. Abrí la ventana y el aire movió las cortinas como si alguien acabara de pasar corriendo. La cama sigue tendida desde hace días. Nadie la desarma en la madrugada. El escritorio está ordenado con una disciplina que nunca conoció cuando estaba habitado.
Paso el trapo con cuidado, como si las cosas pudieran despertarse. Y con la escoba escudriño debajo de la cama. Como queriendo encontrar algo. Entonces lo veo. Un carro rojo. Pequeño. Metálico. Con una raya plateada que le atraviesa el capó. Lo sostengo en la palma de la mano y el polvo se me queda en los dedos.
—Mira dónde viniste a esconderte —susurro.
Cumpleaños número ocho, pienso sin querer. La torta torcida. Las velas inclinadas. Tus manos impacientes rompiendo el papel regalo.
Ese carro recorrió esta casa como si fuera una autopista infinita. Lo empujabas con la boca haciendo ruido de motor, doblabas en las esquinas de las baldosas, lo lanzabas contra la pared cuando perdías una carrera imaginaria. Decías que algún día lo ibas a correr de verdad, que la pista sería grande, que el mundo entero era la meta.
Yo te creía, pero no estaba lista.
Aprieto el carro contra mi pecho un segundo. No para que vuelva el ruido, sino para que no se me escape el recuerdo. Afuera unos muchachos bromean y rien, y el sonido me atraviesa como una señal lejana. Pienso en los salones que me describes, en el trayecto que recorres todos los días, en el abrazo que me diste ese jueves.
Y entonces me animo pensando: "esta casa no está vacía. Está en pausa".
Vuelvo a dejar el carro en mi mano. Lo limpio con el borde de mi blusa hasta que recupera algo de brillo. En la cocina, la cuenta del gas espera sobre la mesa. En tu cajón dejaste monedas que sumo y vuelvo a sumar. A veces la madrugada me encuentra haciendo planes que no siempre alcanzan. A veces me sorprendo pensando si allá la lluvia será más fuerte, si habrá quien te recuerde cerrar la ventana en la noche.
Me levanto del suelo. Coloco el carro sobre el escritorio, junto a los libros. Imagino que estás a punto de entrar y decir: “!Má, te tengo un chisme!”. Como si el tiempo no pasara y el mundo no se hubiera ensanchado tanto.
Sigo limpiando. Pero ya no busco nada.
Entendi que no combato el polvo. Solo estoy aprendiendo a convivir con el silencio. Lo que intento ordenar es esta mezcla extraña de orgullo y temblor. Este saber que las alas crecen aunque a una le tiemblen las manos al soltarlas.
El carro rojo permanece quieto bajo la luz de la mañana.
Y yo aprendo, poco a poco, que hay partidas que no son ausencia, sino camino.
Cumpleaños número ocho, pienso sin querer. La torta torcida. Las velas inclinadas. Tus manos impacientes rompiendo el papel regalo.
Ese carro recorrió esta casa como si fuera una autopista infinita. Lo empujabas con la boca haciendo ruido de motor, doblabas en las esquinas de las baldosas, lo lanzabas contra la pared cuando perdías una carrera imaginaria. Decías que algún día lo ibas a correr de verdad, que la pista sería grande, que el mundo entero era la meta.
Yo te creía, pero no estaba lista.
Aprieto el carro contra mi pecho un segundo. No para que vuelva el ruido, sino para que no se me escape el recuerdo. Afuera unos muchachos bromean y rien, y el sonido me atraviesa como una señal lejana. Pienso en los salones que me describes, en el trayecto que recorres todos los días, en el abrazo que me diste ese jueves.
Y entonces me animo pensando: "esta casa no está vacía. Está en pausa".
Vuelvo a dejar el carro en mi mano. Lo limpio con el borde de mi blusa hasta que recupera algo de brillo. En la cocina, la cuenta del gas espera sobre la mesa. En tu cajón dejaste monedas que sumo y vuelvo a sumar. A veces la madrugada me encuentra haciendo planes que no siempre alcanzan. A veces me sorprendo pensando si allá la lluvia será más fuerte, si habrá quien te recuerde cerrar la ventana en la noche.
Me levanto del suelo. Coloco el carro sobre el escritorio, junto a los libros. Imagino que estás a punto de entrar y decir: “!Má, te tengo un chisme!”. Como si el tiempo no pasara y el mundo no se hubiera ensanchado tanto.
Sigo limpiando. Pero ya no busco nada.
Entendi que no combato el polvo. Solo estoy aprendiendo a convivir con el silencio. Lo que intento ordenar es esta mezcla extraña de orgullo y temblor. Este saber que las alas crecen aunque a una le tiemblen las manos al soltarlas.
El carro rojo permanece quieto bajo la luz de la mañana.
Y yo aprendo, poco a poco, que hay partidas que no son ausencia, sino camino.
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Que bonita forms de relatar lo que se siente cuando los hijos ya no estan. Pienso en los míos y sabré que algun dia ellos también tendrán su auto para salir a recorrer sus caminos y que la soledad no será su ausencia si no sus destinos.
ResponderEliminarFelicidades por que escribir sana.