El auto rojo
La casa ha aprendido a
quedarse quieta. Antes no sabía.
Vibraba. Retumbaba con pasos que iban y venían por el pasillo, con puertas que
se cerraban tarde, con risas que tropezaban contra las paredes.
Esta mañana abrí los
ojos antes de que amaneciera del todo. La claridad entró tímida por la ventana
y me encontró haciendo cuentas invisibles en el techo. Los números no duelen,
pero pesan. Se acomodan sobre el pecho como piedras pequeñas.
Me levanté. Decidí limpiar. No
porque estuviera sucia la casa, sino porque el movimiento distrae al
pensamiento. Barrer tiene algo de oración: se repite el gesto hasta que la
mente se aquieta o se rinde.
Puse agua a hervir para el café y me serví el desayuno. Un plato.
La cuchara sonó demasiado en la loza, como un trueno. No imaginaba que el
silencio tuviera sonido.
Empecé por el cuarto
del fondo. Abrí la ventana y el aire movió las cortinas como si alguien acabara
de pasar corriendo. La cama sigue tendida desde hace días. Nadie la desarma en
la madrugada. El escritorio está ordenado con una disciplina que nunca conoció
cuando estaba habitado.
Paso el trapo con
cuidado, como si las cosas pudieran despertarse. Y con la escoba
escudriño debajo de la cama. Como queriendo encontrar algo. Entonces lo veo. Un carro rojo. Pequeño.
Metálico. Con una raya plateada que le atraviesa el capó. Lo sostengo en la
palma de la mano y el polvo se me queda en los dedos.
—Mira dónde viniste a esconderte —susurro.
Cumpleaños número ocho, pienso sin querer. La torta torcida. Las velas inclinadas. Tus manos impacientes rompiendo el papel regalo.
Ese carro recorrió
esta casa como si fuera una autopista infinita. Lo empujabas con la boca
haciendo ruido de motor, doblabas en las esquinas de las baldosas, lo alzabas
con orgullo cuando ganabas una carrera imaginaria. Decías que algún día lo ibas
a correr de verdad.
Yo te creía, pero no estaba lista.
Aprieto el carro
contra mi pecho un segundo. No para que vuelva el ruido, sino para que no se me
escape el recuerdo. Afuera unos muchachos bromean y rien, y el sonido me atraviesa como una señal
lejana. Pienso en los salones que me describes, en el trayecto que recorres
todos los días, en el abrazo que me diste esa tarde del jueves.
Y entonces me animo pensando: "esta casa no está vacía. Está en pausa".
Vuelvo a dejar el carro en mi mano.
Lo limpio con el borde de mi blusa hasta que recupera algo de brillo. En la
cocina, la cuenta del gas espera sobre la mesa. En tu cajón dejaste monedas que sumo y
vuelvo a sumar, como lo hacías cuando te faltaban pesos para el descanso. A veces la madrugada me encuentra haciendo planes que no
siempre alcanzan. A veces me sorprendo pensando si allá la lluvia será más
fuerte, si habrá quien te recuerde cerrar la ventana en la noche.
Me levanto del suelo. Coloco el carro sobre
el escritorio, junto a los libros. Imagino que estás a punto de entrar
y decir: “!Má, te tengo un chisme!”. Como si el tiempo no pasara y el mundo no se hubiera ensanchado
tanto.
Sigo limpiando. Pero ya no busco
nada.
Entendi que no combato el polvo. Solo estoy aprendiendo a convivir con el silencio. Lo que intento ordenar es esta mezcla extraña de
orgullo y temblor. Este saber que las alas crecen aunque a una le tiemblen las
manos al soltarlas.
El carro permanece quieto bajo la luz de la mañana.
Y yo aprendo, poco a poco, que hay partidas que no son
ausencia, sino camino.
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Que bonita forms de relatar lo que se siente cuando los hijos ya no estan. Pienso en los míos y sabré que algun dia ellos también tendrán su auto para salir a recorrer sus caminos y que la soledad no será su ausencia si no sus destinos.
ResponderEliminarFelicidades por que escribir sana.