La independencia rara vez paga las cuentas. (Fragmento novela: Las formas del olvido)
Los
pueblos rara vez advierten el momento exacto en que comienzan a deteriorarse,
del mismo modo en que las personas tampoco perciben con claridad el instante en
que la memoria empieza a abandonarlas. Ambas cosas suceden lentamente, con la
discreción de los procesos que avanzan sin ruido: primero desaparece un detalle
insignificante, luego una palabra, después una escena entera del pasado, hasta
que un día alguien descubre que lo que parecía un pequeño olvido era, en
realidad, el origen de una grieta.
Sin
embargo, nada de eso parece alarmante en un pueblo como Inti, donde la fatiga,
las preocupaciones económicas y la rutina de los años suelen confundir el
olvido con una simple distracción.
Inti,
en ese sentido, es una réplica diminuta de Colombia. Un territorio gobernado
por clanes familiares que se turnan el poder con una naturalidad casi
biológica, como si la alcaldía fuese una herencia doméstica que debía pasar
entre hermanos, de padres a hijos, familiares o cónyuges, manteniendo siempre
dentro del mismo círculo el derecho a decidir sobre el destino de los demás.
En
ese pequeño laboratorio político se reproducen con sorprendente fidelidad, los
mismos vicios que han marcado la historia nacional: los pactos silenciosos, las
lealtades compradas, las disputas que terminan resolviéndose con contratos
amañados o con la lenta asfixia laboral a quien se atreve a oponerse.
Pero
como ocurre también con el país, Inti sabe encontrar alegría en las cosas
pequeñas. Una fiesta patronal, un partido de fútbol o la simple llegada de un
artista popular basta para transformar la atmósfera del pueblo durante días.
Entre
todas esas celebraciones, ninguna altera tanto la vida cotidiana como las
campañas para elegir alcalde. Durante esos meses, Inti deja de ser un lugar
apacible para convertirse en una especie de teatro público donde cada ciudadano
representa, con entusiasmo casi infantil, el papel político que le corresponde.
Las
sedes se llenan de música, de discursos improvisados, de camisetas con el
nombre del candidato y de promesas de empleo que circulan entre la gente con la
ligereza de los rumores. A finales de los noventa, muchas familias habían
comenzado a depositar en esas elecciones una esperanza concreta: que sus hijos
recién graduados pudieran encontrar trabajo como ingenieros del municipio,
abogados de la alcaldía o médicos del hospital. No se trataba exactamente de un
mérito académico; más bien de una lógica conocida por todos. Para aspirar a
esos puestos era necesario haber servido primero en la sede ganadora. No
existía otra posibilidad.
Dante
observaba ese sistema con una mezcla de resignación y desencanto. Siempre había
lamentado que personas preparadas fuera de esos círculos del poder, con ideas y
visión para gobernar, jamás lograran llegar a la alcaldía, por carecer de
aquello que realmente definía las elecciones en el pueblo: dinero, intereses
estratégicos de un gamonal o la cercanía familiar con quienes ya ocupaban el
poder. Esa verdad le producía una incomodidad profunda, sobre todo porque su
propio trabajo dependía, en cierta medida, de esa maquinaria política.
En
aquellos años Dante era el director de la biblioteca, cargo que había terminado
acomodándose a su carácter con una naturalidad que ni él mismo habría
imaginado. Sin embargo, incluso ese refugio dependía de la voluntad del
alcalde, y el alcalde había dejado claro que la continuidad en el cargo estaba
condicionada al apoyo público que cada funcionario ofreciera al candidato
oficial.
Aquello
obligaba a Dante a participar en una serie de rituales que le resultaban
profundamente incómodos: asistir a reuniones partidistas, aparecer en
fotografías colectivas, aplaudir discursos que muchas veces ni siquiera
escuchaba.
Para
alguien que concebía la política como una conversación crítica sobre el destino
de una comunidad, aquella teatralidad populista resultaba casi una forma de
humillación. Pero tenía una familia que sostener, y en los pueblos pequeños la
independencia moral rara vez paga las cuentas.
Ariana,
por el contrario, había aprendido a moverse en ese ambiente con una naturalidad
que a Dante siempre le pareció extraña y le incomodaba. Le gustaba el bullicio
de las campañas, la intensidad de las discusiones en los cafés, la sensación de
que cada día traía consigo un nuevo rumor, una nueva estrategia, un nuevo
episodio que comentar.
Mientras
Dante observaba la política con distancia crítica, Ariana parecía disfrutarla
como quien participa en una fiesta.
Esa
diferencia de carácter que había aparecido con los años, se hizo evidente
cuando decidió apoyar al candidato opositor del alcalde.
—Piénsalo
bien, Dante —le dijo una noche, mientras acomodaba unos volantes sobre la
mesa—. Si cada uno de nosotros está en un bando distinto, al menos uno tendrá
la cara para pedir trabajo después de las elecciones. Además, a mí, ya me ofrecieron un cargo.
Dante
levantó la mirada con un gesto de frustración.
—¡Por
supuesto que ya te ofrecieron uno! ¡Están en campaña!
—¿Y
mientras tanto qué hacemos? Maca está estudiando y necesitamos el dinero.
—Sabes
que estoy buscando.
—¡Y
tú sabes que sin aparecer por una sede no te darán nada!
—No
me gustan esos trabajos, son mal pagos, duran poco y después quedas en boca de
todo el pueblo. —Terminó Dante con mueca
de fastidio.
Ariana
lo miró con una mezcla de decisión y paciencia.
—Pues
yo voy a la sede esta noche. Quiero que sepan que estoy por allá.
Lo
que siguió fue una discusión breve pero intensa, de esas que terminan sin
resolverse del todo y dejan en el aire una tensión silenciosa.
Desde
el apartamento, Dante podía escuchar el sonido amplificado del evento en la
sede. Intentó pasar el tiempo viendo una película, pero la abandonó a los diez
minutos. Revisó Twitter buscando alguna tendencia interesante.
Nada.
Recordó
episodios de otras discusiones que habían tenido, pero los recuerdos llegaban a
medias, como cortos editados de una película. Revisó el celular, marcó a su
número y se arrepintió de inmediato.
Salió
a buscarla después de medianoche. El pueblo estaba lleno de motos, carros y
música que salía de las sedes de campaña.
Desde
una esquina observaba la multitud que acompañaba al candidato. Evitaba miradas
para no tener que dar explicaciones sobre su presencia. Maldijo no tener un
empleo estable o la solidez financiera para evitar momentos como ese.
Un
hombre se acercó a saludarlo con entusiasmo.
—Su
esposa está al fondo, profe —le dijo—. Luego le abrazó como si fueran amigos de
toda la vida.
—Qué
bueno verlo por aquí. Su presencia será tenida en cuenta cuando sea hora de
repartir los cargos.
Dante
no supo qué responder, tampoco entendió por qué había llegado allí. Tal vez el
ruido de la noche, el haberse sentido descubierto o la molestia por todo lo
ocurrido con Ariana había borrado temporalmente su memoria. Decidió salir de
inmediato, caminó varias cuadras sin rumbo preciso, empapado por la lluvia y
temblando por el frío, mientras la rabia inicial se transformaba lentamente en
desespero.
Deambulaba
temblando, muerto de rabia, cogiendo el mundo a patadas. Solo que esa noche la
rabia era otra, más física, si se quiere, porque estaba acompañada del más
profundo de los miedos, y una ausencia absoluta de cualquier pensamiento o
recuerdo. Completamente vacío por dentro.
La
música de las sedes políticas llegaba fragmentada desde distintos puntos del
pueblo, mezclándose con el ruido de las motos y el murmullo de la gente que aún
celebraba el entusiasmo de la campaña. Fue entonces cuando escuchó las risas.
Provenían de la entrada de una cantina pequeña. Tres hombres estaban sentados
en una mesa, cada uno con una botella en la mano, hablando con esa confianza
exagerada que concede el alcohol.
Uno
de ellos lo reconoció.
—¡Profe!
—gritó—. ¿Qué hace por acá tan tarde?
Dante
se detuvo. Tardó un poco en comprender que la pregunta iba dirigida a él.
—Buenas
noches —respondió, intentando continuar su camino.
El
hombre se apartó de la mesa y dio un par de pasos hacia la acera.
—Venga,
venga, no sea así. ¿Por qué tan serio? ¿No se va a tomar algo con nosotros?
Los
otros dos rieron.
El
olor a licor era intenso, una mezcla de aguardiente y cerveza rancia.
—No,
gracias —dijo Dante—. Voy para la casa.
—¿La
casa? —repitió uno de ellos con tono burlón—. ¡Claro! El profe siempre va para
la casa. ¡No tiene a donde más!
Las
risas se hicieron más fuertes.
—Usted
sí que vive bueno, ¿no? —añadió otro—. De la biblioteca a la casa y la mujer…
¡pero de amigos y tragos nada!
La
carcajada fue general.
Dante
intentó ignorarlos, pero algo en el tono de las burlas le produjo una
irritación repentina. No era exactamente rabia; más bien una sensación de
incomodidad física, como si el frío de la noche se hubiera instalado de pronto
en su pecho.
—Déjenme
pasar —dijo.
—¿Pasar
para dónde, profe? —respondió el más alto, colocándose frente a él—. Si usted
no sale nunca. Cuando lo vemos es porque lo mandan a aplaudir en las sedes.
—No
quiero problemas —dijo Dante.
—¡Problemas
dice! —intervino otro—. Si este hombre no ha tenido un problema en su vida.
Uno
de ellos lo empujó ligeramente en el hombro. El gesto no fue violento, pero bastó
para descomponer a Dante.
—¡Les
dije que me dejaran pasar! —Gritó, empuñando con fuerza sus manos.
—¿Y
si no qué, huevón?
La
frase quedó suspendida en el aire como un grito de batalla.
Dante
no recordaría después quién lanzó el primer golpe. Tal vez fue él mismo, tal
vez uno de los hombres. Lo cierto es que, en cuestión de segundos, los cuatro
estaban forcejeando torpemente bajo la llovizna, tropezando contra la pared de
la cantina mientras las botellas caían al suelo con un ruido de vidrio quebrado.
Los
golpes no eran especialmente certeros, más bien torpes, desordenados, como si
todos estuvieran peleando contra algo que no terminaban de ver.
Uno
de los hombres lo empujó con fuerza y Dante perdió el equilibrio. Su espalda
golpeó contra el borde de la acera y por un instante vio girar las luces del
alumbrado público como si fueran estrellas borrosas.
—Déjenlo
—dijo finalmente uno de ellos—. Está loco.
Dante
tardó varios segundos en incorporarse. Sentía la boca llena de un sabor
metálico y la camisa húmeda pegada al cuerpo. Cuando intentó hablar, las
palabras salieron con dificultad. Los hombres ya se estaban alejando.
—No
pasa nada, profe —gritó uno de ellos desde la puerta—. ¡Y no se enoje tanto!…
¡Que la vida es pa vivirla!
La
puerta se cerró con un golpe.
Dante
permaneció un momento en medio de la calle, bajo la llovizna. Intentó recordar
qué había ocurrido exactamente.
No
pudo.
Tampoco
lograba recordar hacia dónde debía caminar. La sensación de vacío regresó con
una intensidad nueva. No era solo desorientación: era como si una parte de su
mente hubiese sido apagada de repente.
Comenzó
a caminar sin rumbo por las calles del pueblo, empapado y temblando, mientras
la noche seguía llena de música y gritos que ahora le parecían lejanos,
irreales.
Durante
horas avanzó por lugares que reconocía vagamente, pero que no lograba ubicar
con precisión. A ratos sentía ganas de llorar; a ratos pateaba piedras contra
el pavimento con una furia que no sabía explicar.
Cuando
finalmente encontró el edificio donde vivía, el cielo comenzaba a aclararse.
Subió las escaleras con dificultad. Ariana abrió la puerta antes de que tocara.
Lo miró en silencio.
La
camisa sucia, mojada, su cara estropeada.
El
labio partido.
La
mirada perdida, como tantas otras veces.
—¿Dónde
estabas? —preguntó, con la voz quebrada por el cansancio y el dolor de verlo
así.
Dante
permaneció unos segundos mirándola, como si necesitara confirmar que realmente
la conocía.
—No
lo sé —dijo finalmente—. Pero ya llegué.
Ariana
entendió entonces que algo no estaba bien.

Me encantó tu novela , el personaje , la narrativa . Espero ansioso la segunda parte.
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