El país de los hijos obedientes.
Me gustaría encargarle un amor a Cupido, pedirle primero, que se tome un litro de OldParr. Sobrio nadie sería tan hijo de puta para intentar enamorar a ese par de diablos. No para salvar al país. Eso ya lo prometieron bastante. Cupido los sentaría en un motel barato de carretera olvidada, con olor a cigarrillo viejo y sábanas lavadas con derrotas. Les quitaría los micrófonos, los escoltas, los hashtags, los perros rabiosos que les aplauden cada insulto como si el odio fuera patriotismo. La flecha no llevaría amor. De eso tampoco saben mucho. Llevaría dolor de enfermo de EPS. Angustia de empresario quebrado. Un resumen pirata de Marx y Adam Smith un apagón triste en La Habana y una borrachera gris en Wall Street. El óxido de un fusil olvidado en Sierra Maestra. Una bomba napalm que decidió no explotar en Vietnam. Una vacuna mitad Pfizer, mitad Sputnik, para que al menos la fiebre les salga democrática. Y entonces, quizá después del ...