La casa ha aprendido a quedarse quieta. Antes no sabía. Vibraba. Retumbaba con pasos que iban y venían por el pasillo, con puertas que se cerraban tarde, con risas cómplices que tropezaban contra las paredes. Esta mañana abrí los ojos antes de que amaneciera del todo. La claridad entró tímida por la ventana y me encontró haciendo cuentas invisibles en el techo. Los números no duelen, pero pesan. Se acomodan sobre el pecho como piedras pequeñas. Me levanté. Decidí limpiar. No porque estuviera sucia la casa, sino porque el movimiento distrae al pensamiento. Barrer tiene algo de oración: se repite el gesto hasta que la mente se aquieta o se rinde. Puse agua a hervir para el café y me serví el desayuno. Un plato. La cuchara sonó demasiado en la loza, como un trueno. No imaginaba que el silencio tuviera sonido. Empecé por el cuarto del fondo. Ab...
Son las seis de la mañana. El sol asciende lento, rojo como una yema de huevo sobre el horizonte. Desde el décimo piso del hotel, el restaurante ofrece una vista excepcional de la bahía. En una de sus mesas, finamente decoradas, contemplas la cúpula de la catedral: envejece con la dignidad de quien ha aprendido a convivir con el tiempo. Al fondo, el mar se extiende sereno, imponente, casi sagrado, como la suave respiración de un niño. Sobre su piel azul reposa una pequeña isla, solitaria, flotando entre el tiempo y la memoria. Los mapas la llaman Morro de Gaira, pero su verdadero nombre lo susurra el viento a quienes saben escuchar. Tiene la atracción de lo vedado, de aquello que se revela sin entregarse, como un secreto que se deja mirar, pero no poseer. Un hombre ha subido a la cúpula de la catedral. Lleva un sombrero de paja de ala ancha, una camisa blanca de manga larga y unos viejos pantalones de trabajo. Ensimismado, raspa las costras de sal ...