Ir al contenido principal

Historia de un hombre.


    Un hombre emergió al mundo en un cálido verano
pero el invierno lo tomó por sorpresa a los nueve años
y el frío se anidó en su ser como un velo perpetuo.
Ese niño son mil niños cada día.

    De la infancia el hombre moldeó la brea como su primer arte,
con sus manos trazó cartas de amor en primavera
y secó las lágrimas que pulieron el brillo de su corazón.
El hombre son mil poetas ofreciendo sus manos con cada gesto.

    La soledad y el estudio revelaron en su alma la historia de la humanidad
y aterrado de tanto sufrimiento salió a la calle una tarde,
enarbolando como propias las iniquidades del mundo.
La juventud es un corazón que grita justicia, en primavera.

    Como un rayo que desgarra en la tormenta, irrumpió el amor en su ser
y el camino se llenó de huellas que al corazón extasiaron,
ofrendando sus sueños sin más reservas que su propia entrega.
La felicidad del hombre, rey o campesino, anida en la paz de su hogar.

    Más una tarde inefable, la imperfección del amor sobrevino en lo que más amaba
y todo lo erigido se desplomó, como un castillo de naipes,
con las ruinas de su ser trazó en soledad su camino
y del invierno más gélido forjó impávido su destino.

    Como ofrenda del destino, su labor tornó su espíritu en un nómada,
errante con sus glorias y penas a cuestas anduvo,
visitó capitales de reinos que sólo en sueños eran posibles,
y cruzó océanos tan vastos como su imaginación.
El hombre es un marinero que su barca impulsa con las tempestades que él mismo invoca.

    Convirtió con su arte los fríos números en ardientes letras
y volvió la poesía en generosa ofrenda a acompañar sus desvelos
más el otoño despojó su verde follaje, tiñendo de plata su agobiada sien
y a la espera de la última ola, enfurecidos ante la muerte de la luz, ardían sus ojos.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Soledades. (Fragmento del primer capítulo.)

El 7 de mayo de 2023, a las nueve y cuarenta de la mañana, recibí la noticia de la muerte de mi esposa. A esa hora estaba en la oficina, tramitando una solicitud de crédito con un cliente cuando el celular empezó a sonar. No quise contestar. Me molestan las llamadas durante las horas de atención. Dejé que sonara mientras seguía revisando los papeles del cliente, pero el teléfono insistía.  —Disculpe un momento —dije. Levanté el celular sin mirar siquiera el número. —Buenos días —contesté con tono de fastidio. —Buenos días ¿Es usted Antonio Melo? —Sí. —¿Es usted el esposo de la señora Raquel Salas? —Sí. ¿Qué sucede? La voz hizo una pausa breve, apenas contenida. —Le habla el inspector Carlos Mora, de la Policía Nacional. Lamento informarle que la señora Raquel fue encontrada sin vida esta mañana, en su residencia.  No recuerdo exactamente qué dijo después. Algo sobre un disparo. La vecina que dio aviso. Los vidrios rotos para entrar. Miré al cliente frente a mí. Seguía sentado ...

El auto rojo

            La casa ha aprendido a quedarse quieta. Antes no sabía. Vibraba. Retumbaba con pasos que iban y venían por el pasillo, con puertas que se cerraban tarde, con risas que tropezaban contra las paredes.      Esta mañana abrí los ojos antes de que amaneciera del todo. La claridad entró tímida por la ventana y me encontró haciendo cuentas invisibles en el techo. Los números no duelen, pero pesan. Se acomodan sobre el pecho como piedras pequeñas.      Me levanté. Decidí limpiar. No porque estuviera sucia la casa, sino porque el movimiento distrae al pensamiento. Barrer tiene algo de oración: se repite el gesto hasta que la mente se aquieta o se rinde.      Puse agua a hervir para el café y me serví el desayuno. Un plato.      La cuchara sonó demasiado en la loza, como un trueno. No imaginaba que el silencio tuviera sonido.      Empecé por el cuarto del fondo. Abrí la ventan...

La independencia rara vez paga las cuentas. (Fragmento novela: Las formas del olvido)

  Los pueblos rara vez advierten el momento exacto en que comienzan a deteriorarse, del mismo modo en que las personas tampoco perciben con claridad el instante en que la memoria empieza a abandonarlas. Ambas cosas suceden lentamente, con la discreción de los procesos que avanzan sin ruido: primero desaparece un detalle insignificante, luego una palabra, después una escena entera del pasado, hasta que un día alguien descubre que lo que parecía un pequeño olvido era, en realidad, el origen de una grieta. Sin embargo, nada de eso parece alarmante en un pueblo como Inti, donde la fatiga, las preocupaciones económicas y la rutina de los años suelen confundir el olvido con una simple distracción. Inti, en ese sentido, es una réplica diminuta de Colombia. Un territorio gobernado por clanes familiares que se turnan el poder con una naturalidad casi biológica, como si la alcaldía fuese una herencia doméstica que debía pasar entre hermanos, de padres a hijos, familiares o cónyuges, ma...