El país de los hijos obedientes.

 


Me gustaría encargarle un amor a Cupido,
pedirle primero, que se tome un litro de OldParr.
Sobrio nadie sería tan hijo de puta
para intentar enamorar a ese par de diablos.
 
No para salvar al país.
Eso ya lo prometieron bastante.
 
Cupido los sentaría en un motel barato
de carretera olvidada,
con olor a cigarrillo viejo
y sábanas lavadas con derrotas.
 
Les quitaría los micrófonos,
los escoltas,
los hashtags,
los perros rabiosos que les aplauden cada insulto
como si el odio fuera patriotismo.
 
La flecha no llevaría amor.
De eso tampoco saben mucho.
 
Llevaría dolor de enfermo de EPS.
Angustia de empresario quebrado.
Un resumen pirata de Marx y Adam Smith
un apagón triste en La Habana
y una borrachera gris en Wall Street.
 
El óxido de un fusil olvidado en Sierra Maestra.
Una bomba napalm que decidió no explotar en Vietnam.
Una vacuna mitad Pfizer,
mitad Sputnik,
para que al menos la fiebre les salga democrática.
 
Y entonces,
quizá después del tercer whisky,
descubrirían la verdad más obscena: 
que se parecen. Demasiado.
 
Los mismos ojos de caudillo cansado.
La misma necesidad enfermiza
de ser amados por multitudes.
El mismo ego machista
de que el país entero
los elija como padres.
 
Uno hablando de revolución
mientras firma pactos con las mismas hienas.
El otro prometiendo orden
como si el miedo fuera una forma decente de paz.
 
Y nosotros abajo,
como idiotas en un divorcio ajeno,
partiéndonos la cara en Facebook
como alcohólicos defendiendo marcas de cerveza.
Fanáticos histéricos
limpiando su saliva ideológica,
como si fueran santos.
 
Dos bandos vociferando con disciplina militar
como si ese fuera nuestro rosario nacional
sin caer en cuenta
que el odio nos dejó la misma cicatriz.
 
Por eso Cupido jamás aceptará el encargo.
Ni siquiera borracho.
Él no trabaja con narcisos
Ni con sus feligreses.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El auto rojo

La independencia rara vez paga las cuentas. (Fragmento novela: Las formas del olvido)

Persistencia de las ruinas