Soledades. (Fragmento del primer capítulo.)
El 7 de mayo de 2023, a las nueve y cuarenta de la mañana, recibí la noticia de la muerte de mi esposa.
A esa hora estaba en la oficina, tramitando una solicitud de crédito con un cliente cuando el celular empezó a sonar. No quise contestar. Me molestan las llamadas durante las horas de atención. Dejé que sonara mientras seguía revisando los papeles del cliente, pero el teléfono insistía.
—Disculpe un momento —dije.
Levanté el celular sin mirar siquiera el número.
—Buenos días —contesté con tono de fastidio.
—Buenos días ¿Es usted Antonio Melo?
—Sí.
—¿Es usted el esposo de la señora Raquel Salas?
—Sí. ¿Qué sucede?
La voz hizo una pausa breve, apenas contenida.
—Le habla el inspector Carlos Mora, de la Policía Nacional. Lamento informarle que la señora Raquel fue encontrada sin vida esta mañana, en su residencia.
No recuerdo exactamente qué dijo después. Algo sobre un disparo. La vecina que dio aviso. Los vidrios rotos para entrar.
Miré al cliente frente a mí. Seguía sentado con las manos sobre las rodillas, observándome sin entender nada.
—¿Señor Antonio? —Preguntó la voz del celular.
—Sí… sí, aquí estoy.
—Necesitamos que nos acompañe a la morgue para reconocer el cuerpo.
Quise responder algo más, pero la voz se me quedó atrapada en la garganta.
—Claro.
Colgué sin saber muy bien cómo. Durante unos segundos permanecí inmóvil mirando los papeles sobre el escritorio. Me senté, me llevé las manos a la cabeza y me recliné más de la cuenta. La silla crujió. Me levanté enseguida, respiré hondo y llamé al gerente de área, para informarlo y salir enseguida.
El cliente me miraba en silencio. Con una especie de compasión espontánea. No preguntó nada. Mientras atravesaba el banco noté que varias personas me observaban. Afuera, Pasto amanecía despejada después de una noche de lluvia intensa. Al salir el frío de la calle me golpeó la cara. Tomé un taxi. Durante el trayecto miré la ciudad sin reconocerla. Las casas húmedas, los edificios en construcción, las montañas alrededor, todo parecía demasiado nítido, como si el dolor afinara las cosas.
Al llegar el inspector se acercó apenas me vio, evitó mirarme directamente.
Era un hombre alto, de bigote corto y ojos cansados. Llevaba la chaqueta abierta pese al frío.
—Lo siento mucho señor Antonio —dijo—. El arma estaba junto al cuerpo. No encontramos señales de ingreso forzado. Todo apunta a un suicidio.
La palabra quedó suspendida en el ambiente.
Suicidio.
Hasta entonces no había pensado realmente en eso.
—¿Ustedes tenían un arma en la casa?
—Sí. Es legal. La compré hace más de un año, después de un intento de robo.
El inspector asintió en silencio.
Después me condujo por un pasillo frío iluminado con luces blancas. Mientras caminábamos sentí un miedo sobrecogedor. No miedo a la muerte. Miedo a verla.
El inspector abrió la puerta y allí estaba Raquel. Tenía el cabello húmedo.
Eso fue lo primero que vi.
No la herida. No la sangre.
El cabello.
Había vuelto a aclarárselo. El negro que llevaba los últimos meses se había ido casi por completo y algunas hebras rubias caían sobre la frente.
Me acerqué despacio.
Raquel parecía dormida. Eso me estremeció.
La morgue olía a desinfectante y metal frío. Afuera alguien empujaba una camilla por el pasillo y el ruido de las ruedas se escuchaba demasiado fuerte dentro de mi cabeza.
Con los años uno aprende del cuerpo de la persona con la que vive: la manera en que respira, cómo se mueve al dormir, el peso exacto de sus brazos sobre el cuerpo de uno. Por eso reconocer la muerte toma unos segundos. El cuerpo sigue siendo el mismo, pero lo esencial ya no está allí.
Le toqué la mano. Estaba helada.
No recuerdo cuánto tiempo permanecí ahí parado. El inspector hablaba a mi lado, explicaba procedimientos, papeles, declaraciones. Yo apenas escuchaba fragmentos. Todo sonaba lejano, como si ocurriera en una película que nadie mira.
Salí de la morgue cerca del mediodía. El cielo comenzaba a cubrirse otra vez y el frío bajaba desde el volcán empujando una neblina lenta sobre la ciudad.
No sabía a dónde ir. La casa me aterraba. La oficina parecía imposible.
Así que me quedé un largo rato sentado en una cafetería, mirando la gente pasar frente al hospital con bolsas, carpetas y termos de café.
Después vino lo más difícil: llamar a Fátima, mi suegra. No hablábamos desde año nuevo. Sentía un vacío horrible en el estómago.
Siempre me he considerado una persona prudente, de las que sabe qué hacer incluso en momentos complicados. Pero esta tragedia no tenía forma, así que nunca supe bien por dónde empezar. Ninguna palabra parecía suficiente, ni correcta.
¿Cómo se le dice a una madre que su hija ha muerto de esa manera?
Porque cuando alguien se quita la vida, no deja solo la ausencia. Deja preguntas. Quedan dando vueltas, sin respuesta, como si insistieran en que algo debió hacerse distinto.
Contestó al segundo tono.
—Hola, Antonio.
Escuchar su voz casi me rompe.
Intenté hablar, pero durante unos segundos no pude.
—¿Qué pasó? —preguntó enseguida.
—Raquel murió —dije sin rodeos.
Del otro lado no se escuchó nada.
Después un ruido seco, como si se hubiera dejado caer algo al piso.
Y luego el llanto. No recuerdo más.
Pasé sin mirar a nadie.
La puerta de la casa seguía abierta y el vidrio roto de la sala estaba regado sobre el piso como trozos de hielo.
Entré despacio.
El olor fue lo primero.
No el de la sangre, el del café. Todavía olía a café molido.
Sobre la mesa estaban las dos tazas del desayuno.
Uno cree que el dolor llega con grandes escenas. No es cierto. Llega así, viendo una taza intacta sobre una mesa.
A las dos llegaron Fátima y Lina, su otra hija. Escuché los gritos desde el pasillo antes de abrir la puerta.
Fátima entró desesperada, pequeña bajo un abrigo oscuro que parecía quedarle grande. Apenas me vio comenzó a golpearme el pecho con ambas manos.
—¿Qué pasó con mi hija? ¿Qué le hiciste?
No supe qué decir.
Lina la sostuvo por los hombros. Lloraba en silencio. Era distinta a Raquel. Más pequeña, con un rostro menos delicado y unos ojos claros que parecían mirar siempre con desconfianza.
Un trueno pareció partir la ciudad y comenzó a llover.
Fátima se había sentado en silencio con una taza de aromática entre las manos. Lina hablaba con la funeraria desde el comedor.
Yo me encerré unos minutos en el baño para escapar de todos. Fue entonces cuando vi el peine de Raquel junto a su maquillaje. Tenía restos de su cabello enredados. Los saqué con cuidado, me apoyé contra el lavamanos y por primera vez desde la llamada empecé a llorar.
Cuando salí, Fátima seguía sentada en la sala mirando hacia el lugar donde había caído Raquel. La sangre ya no estaba, y sin embargo algo permanecía allí. No sé cómo explicarlo. Hay sitios donde el dolor deja una temperatura distinta.
—Mañana será el entierro —dijo Lina—. Llevarán a Raquel esta noche a la sala de velación.
Asentí.
La velación duró toda la noche.
La gente entraba y salía con ese cuidado incómodo que adquieren las visitas cuando acaba de ocurrir una desgracia.
Yo apenas escuchaba, movía la cabeza.
Mario llegó cerca de la medianoche. Era mi amigo, nos conocimos años atrás, cuando le aprobé un préstamo importante para uno de sus proyectos inmobiliarios. Era de esos tipos que no pasan desapercibidos. Hablaba duro, se reía fácil, tocaba el hombro de la gente mientras conversaba.
Lo vi entrar quitándose el abrigo mojado antes de acercarse a saludarme. Era más alto que yo y más ancho de espalda. Tenía las cejas oscuras y pobladas, el cabello lacio todavía húmedo por la lluvia y cierta seguridad natural que lo hacía destacar. Él se sentía cómodo con eso.
Me dio la mano con fuerza, pero evitó mirarme a los ojos; tenía la vista fija en la foto de Raquel sobre el ataúd.
—Lo siento mucho, Antonio.
Le di las gracias sin saber qué más decir.
La mañana siguiente se armó sola. La sala estaba llena desde temprano. Voces bajas, pasos contenidos. Los compañeros de Raquel llenaron la sala de flores. Algunos se acercaban con frases comunes. Otros simplemente me daban la mano o me tocaban el hombro.
Cerca del mediodía la sala quedó casi vacía.
Mario y yo salimos un momento a la calle y su celular sonó. Lo miró apenas un segundo antes de guardarlo nuevamente en el bolsillo.
—¿No contestas?
—Es Irene. La llamo después —respondió.
El frío pegaba duro.
—¿Habían discutido? —preguntó Mario de golpe.
—Lo de siempre. —Negué con la cabeza.
No supe por qué respondí eso. Y menos a él.
Mario encendió un cigarrillo. Yo volví a entrar.
El olor a flores húmedas y café recalentado era más fuerte. Me acerqué al ataúd y vi su rostro por última vez.
Tenía una tranquilidad que no le había visto en meses, sus manos cruzadas sobre el pecho sostenían un rosario que le había puesto Fátima.
Yo no la recordaba así, sino con cosas simples: la forma en que contestaba el celular, cómo se maquillaba frente al espejo cuando íbamos a salir o la costumbre de dormirse atravesada en la cama mientras veíamos televisión.
Cuando cerraron el ataúd sentí un vacío físico, como si el aire se hubiera vuelto más pesado.
Mario ayudó a cargarla hasta la iglesia. Fue el primero en ofrecerse. Noté que sus dedos temblaban contra las manijas del féretro.
El traslado al cementerio fue en silencio. Los carros avanzaban despacio entre las calles grises y congestionadas. Yo iba adelante, mirando por la ventana, sin fijarme en nada. En el cementerio el aire era más frío y pesado.
El sacerdote dijo unas palabras. Habló de resignación, de fe, todo lo que se dice en estos casos. Algunos rezaron. Yo no. Solo quería que todo pasara rápido y descansar.
Eché un poco de tierra sobre el ataúd cuando me lo indicaron, mientras los demás tiraban flores y se despedían con la mano.
La gente empezó a irse poco a poco.
Al caer la tarde regresé al apartamento.
Fátima insistió en que me quedara en su casa unos días, pero me negué. No quería compañía. Tampoco preguntas. Sentía un cansancio opresivo, como si el entierro hubiera terminado por agotarme el alma.
La lluvia se había ido y la luna se asomaba amarilla sobre la ciudad.
Al llegar a casa abrí la puerta con una sensación extraña, casi supersticiosa, como si en cualquier momento fuera a encontrar a Raquel sentada en la sala viendo televisión.
La casa estaba desordenada.
Las flores del velorio habían ocupado media sala y su olor dulce comenzaba a mezclarse con la humedad de las paredes. Dejé las llaves sobre la mesa y me quité el saco sin encender las luces. Fui hasta la cocina y me serví un vaso de vino de una botella que Raquel había comprado semanas atrás.
Luego otro.
Tomé sentado en el suelo de la sala, frente al sofá donde ella murió.
Afuera, Pasto brillaba mojada a través de las ventanas.

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