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Conquistando España con 30 Euros

           

        Es inevitable cuando viajamos, que algunas cosas no salgan según lo planeado: una inesperada caída del bote en un río donde el agua muerde de frío, no salir a tiempo del vagón del metro, quedarte dormida a la hora de salida del hotel o una selfie desenfocada en el lugar más hermoso que hayas visto. Pero en lugar de crear un trauma, cuando viajas con el grupo perfecto, todo hace parte de la experiencia viajera. Debo admitir que en España, como lo dijo Aleja, “éramos la más disfuncional de las familias disfuncionales, pero de alguna manera, éramos perfectos juntos”.

    Luego de conocer el palacio de San Carlos en Bogotá, reunirnos con el embajador de España y un largo abordaje en el aeropuerto el Dorado, las viajeras y yo habíamos llegado cerca de la media noche a España. Nueve chicas con edades entre los 13 y 17 años con ganas de comerse el mundo; yo —su profesor de escritura— y Fallon, la coordinadora del viaje. Ser el único hombre del grupo era para mí un orgullo y un reto.

    Fue un vuelo inolvidable para todas, en especial para quienes, por azar del destino, habían probado los privilegios de un vuelo a Europa en primera clase. El viaje había empezado con pie derecho, descansamos lo que pudimos en un hotel de Madrid y al siguiente día estábamos listos para nuestro primer viaje en tren de alta velocidad. Salimos de la linda estación de Atocha en Madrid y recorrimos los hermosos paisajes ibéricos por la región de Andalucía hasta llegar a Sevilla, una ciudad fascinante e increíble. Si había algo que nos unía a todos, era el amor por la escritura y un inquebrantable espíritu aventurero.

    Ya en Sevilla, caminar el Real Alcázar, la plaza España, visitar el Archivo General de Indias o una jornada de piragüismo en el Guadalquivir habían ocupado por completo nuestra atención. La vida era hermosa y Sevilla el lugar perfecto para ser feliz. Tantos recuerdos compartidos valía la pena significarlos en algo tangible, como evidencia de haberlos vivido. Un llavero, una taza o una placa, de seguro nos recordarían en casa que un día estuvimos allí, y que la pasamos increíble.

    Era la noche del lunes, el miércoles saldríamos a primera hora a Córdoba, así que el martes deberíamos aprovechar algún momento, al final de la jornada, para comprar algún recuerdo. Solo que había un detalle: como no habíamos alcanzado a cambiar pesos en el aeropuerto en Bogotá, sería muy difícil que pudiéramos cambiarlos por Euros en España.

    —Las espero a todas en el lobby del hotel —les dije. Allí les di la noticia. Las chicas estaban desconsoladas; regresar al pueblo sin algún recuerdo del viaje es, en nuestra idiosincrasia, tanto como no haber ido. Europa no podría ser llevada en pequeños detalles a Nariño; las maletas ya no llegarían llenas de muestras del cariño con que llevamos a los nuestros durante el viaje, solo con ropa sucia. ¡Vaya tragedia! Algunas caras eran más largas que el vuelo de ida. Una noticia que las dejó frías, como el invierno en Madrid.

    Pero a veces también se puede torcer el destino a nuestro favor, solo necesitas de una mano amiga, y en España tuvimos varias.

    La primera mano amiga, como siempre, fue Fallon, nuestra coordinadora.

    —Profe, no se preocupe —me dijo—. Puedo prestar algo de lo que tengo para que las chicas puedan llevar algún recuerdo a casa.

La segunda mano amiga fue la de nuestra anfitriona en Sevilla, Aixa, que gentilmente ofreció recibir algunos de nuestros pesos a cambio de los euros que necesitábamos. Las chicas y yo quedamos muy agradecidos por la ayuda, pero se venía lo más complicado del caso: cómo repartir los euros que nos habían conseguido con el dinero que habíamos llevado.

    Pasamos de la media noche sumando, restando, dividiendo y haciendo reglas de tres para decidir lo que le correspondería a cada una según lo que había llevado. Una estrategia poco práctica y desconsiderada para quienes habíamos llevado menos. Así que, ya cansados, decidimos dividir entre el total del grupo la cantidad de euros y así poder llevar cada uno, algún recuerdo a casa. 30 euros fue el capital para conquistar Europa, lo justo ya que nada nos faltaba para pasarla como una familia privilegiada en España.

    Las chicas siguieron los sabios consejos de María Andrea, nuestra afable anfitriona durante todo el viaje y al hacerlo descubrieron que, con un poco de ingenio y cordura, se puede llevar un lindo recuerdo sin gastar mucho dinero. 

    Durante el viaje por Córdoba las chicas la pasaron genial, hicieron amigas, conocieron jóvenes enamorados de las artes y las letras como ellas y conocieron la majestuosa mezquita de Córdoba. Ya en Madrid visitamos muchísimos lugares: el parque el Retiro, el museo del Prado, probamos lo mejor de la gastronomía española, recorrimos museos, paseamos por parques y jardines; para todo lo mejor del viaje no nos hizo falta un euro ni un peso.

    —Fue una experiencia inolvidable, profe —dice Marlen—. Aprendimos a creer en nuestro talento y que somos capaces de lograr grandes cosas si creemos y perseveramos por nuestros sueños.

    Al final del viaje, las chicas regresaron a Colombia con el corazón lleno de recuerdos. Habían tenido que improvisar un poco, pero habían logrado conquistar España con sus escritos y 30 euros cada una.

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